Que mes para venerarla, un mes de Diciembre, el cual debe estar lleno de esperanza en todos los hogares por que se aproxima el nacimiento de nuestro salvador. Creo que este mes más que nunca y sobre todo por lo que significa la palabra en sí, ESPERANZA, debemos saber su verdadero significado y para ello os dejo un texto que me ha parecido interesante sobre la Esperanza de un cristiano. Os dejo con el texto pero antes recordar los actos de la Hermandad que tienen en el día de hoy para su Triduo:
- EL día 15 a las 19 h, se comenzara rezando el santo rosario, y continuando con la eucaristía que comenzara a partir de las 19:30 h y será presidida por el párroco Dº Bernardo Torres Escudero ( Vicario Judicial ).Tras la Eucaristía, nos podemos dirigir hacia la casa de Hermandad, para la inauguración del Belén que ha montado su Grupo Joven.
Os dejo el texto que antes he mencionado:
¿Cuál es la fuente de la esperanza cristiana?
En un tiempo donde nos cuesta encontrar razones para esperar, aquellos que depositan su confianza en el Dios de la Biblia tienen más que nunca el deber de justificar su esperanza delante de aquellos que les piden cuentas (1 Pedro 3, 15). En ellos está el querer captar aquello que la esperanza de la fe tiene de especifico para poder vivir. O incluso si por definición, la esperanza apunta hacia el porvenir, para la Biblia, ella se arraiga en el hoy de Dios. En la Carta 2003, el hermano Roger recuerda: «La fuente de la esperanza está en Dios que solo puede amar y que nos busca incansablemente.»En su fe en Dios, los creyentes empujan la espera de un mundo según la voluntad de Dios o, dicho de otro modo, según su amor. En la Biblia, esta esperanza es a menudo expresada con la noción de promesa. Cuando Dios entra en relación con los humanos, generalmente, va al mismo tiempo unido con la promesa de una vida más grande. Esto comienza ya en la historia de Abraham: «Yo te bendeciré, dice el Dios de Abraham. Y por ti se bendecirán todas las familias de la tierra» (Génesis 12, 2-3). Una promesa es una realidad dinámica que abre nuevas posibilidades en la vida humana. Esta promesa mira hacia lo venidero, pero se arraiga en una relación con Dios que me habla aquí mismo, que me llama a hacer elecciones concretas en mi vida.
Las semillas del futuro se encuentran en una relación presente con Dios. Este arraigue en el presente se vuelve incluso más fuerte con la venida de Jesús el Cristo. En él, dice san Pablo, todas las promesas de Dios son ya una realidad (2 Corintios 1,20). Desde luego, no se refiere únicamente a un hombre que vivió en Palestina hace 2000 años. Para los cristianos, Jesús es el Resucitado que está con nosotros hoy en día. «Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin de los tiempos» (Mateo 28,20). Otro texto de san Pablo es mucho más claro: «La esperanza no decepciona, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado.» (Romanos 5,5) Lejos de ser un deseo para el futuro sin garantía de realización, la esperanza cristiana es la presencia del amor divino en persona, el Espíritu Santo, caudal de vida que nos lleva hacia el océano de una comunión en plenitud. ¿Cómo vivir de la esperanza cristiana? La esperanza bíblica y cristiana no significa una vida en las nubes, el sueño de un mundo mejor. Ella no es una proyección de aquello que quisiéramos ser o hacer.
Ella nos lleva a ver las semillas de este nuevo mundo ya presente hoy en día, a causa de la identidad de nuestro Dios, a causa de la vida, de la muerte y resurrección de Jesucristo. Esta esperanza es incluso una fuente de energía para vivir de otra manera, para no seguir los valores de una sociedad fundada sobre el deseo de posesión y competición. En la Biblia, la promesa divina no nos pide sentarnos y esperar pasivamente a que ella se realice, como por arte de magia. Antes de hablar a Abraham de un vida en plenitud ofrecida, Dios le dice:«Deja tu país y tu casa a la tierra que yo te mostraré» (Génesis 12,1).
Esperar, es primeramente descubrir en las profundidades de nuestros días una Vida que continua y que no puede parar. Acoger esta Vida incluso con un sí de todo nuestro ser. Y lanzándonos en esta Vida, somos conducidos a poner, aquí y ahora, en medio de los azares de nuestra vida en sociedad, signos de un porvenir distinto, semillas de un nuevo mundo que, a su momento traerán su fruto. Para los primeros cristianos, el signo más claro de este nuevo mundo era la existencia de comunidades compuestas de gente de distintos orígenes y lenguas diversas.
A causa del Cristo, estas pequeñas comunidades surgían por todo el mundo mediterráneo. Sobrepasaban todo tipo de divisiones que les impedían estar cerca unos de otros, estos hombres y mujeres vivían como hermanos y hermanas, como la familia de Dios, rezando juntos y compartiendo sus bienes según las necesidades de cada uno (ver Hechos 2, 42-47). Se esforzaban en tener «un mismo amor, una misma alma, un único sentimiento» (Filipenses 2,2). Así brillaban ellos en el mundo como antorchas (ver Filipenses 2,15). Desde sus comienzos, la esperanza cristiana a encendido un fuego sobre la tierra. Carta de Taizé: 2003/3





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